viernes, 4 de abril de 2008

Resurrección (Cuento)

Abrió los ojos y una rara sensación lo invadió instantáneamente. Hizo tremendos esfuerzos por recordar qué había sucedido, tratando de traer algo a su mente vacía. Poco a poco fue tomando conciencia, fue recordando. Se había muerto, lo estaban operando de un tumor cerebral y se había muerto en el quirófano. Al recordar esto, se extrañó de no sentir ningún dolor en la cabeza, habían desaparecido esos dolores que lo volvían loco y que lo habían llevado a realizar una consulta médica. Los médicos le dijeron que tenía un tumor cerebral, que tendrían que operarlo de urgencia, y al día siguiente estaba en el quirófano. Y se había muerto allí.
Trató de identificar el lugar donde se encontraba. Notó que estaba acostado y sintió un gusto particular en la boca, gusto a tierra húmeda. Evidentemente, lo habían enterrado. Pensó con amargura que no estaba en un ataúd, sin dudas una idea de su detestable esposa, que ni siquiera le permitió una última morada digna.
Intentó incorporarse, y le sorprendió la facilidad conque podía hacerlo. Se deslizó hasta asomar la cabeza fuera, y se encontró con una noche plácida, un cielo plagado de estrellas y una suave brisa que benefició su rostro. Con poco esfuerzo sacó el resto de su cuerpo de la tumba y se quedó tendido en el suelo, que ostentaba en toda su superficie unas extrañas plantas del tamaño de arbustos, conformadas por unas hojas delgadas todas, exactamente iguales.
De pronto sintió pasos, y divisó a lo lejos las siluetas de dos hombres que se acercaban conversando animadamente. Se sintió invadido por una inmensa felicidad ante la inminencia de estar nuevamente en contacto con la humanidad, luego de la pesadilla de la que acababa de despertar. Intentó llamar la atención de los hombres, pero fue incapaz de articular palabra alguna, sólo un extraño chillido, apenas audible, salió de su boca. Volvió a intentarlo una y otra vez, pero inútilmente. Los hombres ya estaban muy cerca de él, y entonces creyó que una nueva pesadilla comenzaba, porque aquellos dos sujetos eran enormes, de una altura superior a los veinte metros, y para colmo no parecían verlo. Volvió a intentar llamarles la atención, sin conseguir hablar ni gritar, solamente articulando ese tonto chillido.
Recién comprendió cuando era demasiado tarde, la suela de la bota de uno de aquellos hombres se inclinaba hacia él como una enorme pared derrumbándose. Miró desesperadamente a su alrededor y entonces vio su cuerpo, y comprendió. Aquellos hombres tenían una altura normal, los arbustos de hojas iguales eran pasto, y él había muerto. Sí, había muerto y reencarnado... en una hormiga.

Resentimiento (Cuento)

El hombre caminó por el estrecho callejón rumbo a la avenida. Era su hora de salir, hora en la que nadie circulaba, hora de extraños ruidos y silencios. La hora apropiada.
El andar silencioso de sus pies descalzos le daba un aire casi fantasmal a sus desgarbados movimientos. Al llegar a la avenida, el raudo pasar de un solitario vehículo lo estremeció, paralizándolo.
Masticando una imprecación, comenzó a andar. Apretó fuertemente la empuñadura de su navaja, mientras pensaba que alguien se encontraría muy pronto con el frío de la corta hoja de su arma.Caminó sin cesar infinidad de cuadros durante dos largas horas. Aburrido, comenzó a contar baldosas hasta que, de pronto, se llevó por delante algo duro. Atontado por un instante, pudo luego comprobar que se trataba de la parada de un colectivo. Una parada nueva, sin duda, ya que no recordaba que hubiese estado allí antes.
Pensaba en esto, cuando a sus espaldas escuchó pasos que se acercaban, pasos de mujer, suaves pero seguros. La mujer se detuvo detrás de él, y con una dulce voz le preguntó si allí paraba el colectivo 15.
Graznó un "sí, señorita", mientras se volvía midiendo la distancia exacta que lo separaba de la muchacha, mientras su puño derecho aferraba vigorosamente la navaja. Estiró su brazo izquierdo y la mano se cerró sobre la garganta de la mujer. En un instante, accionó el resorte de la navaja y la hoja saltó hacia adelante. La mujer intentó una débil resistencia, y dos navajazos certeros le hicieron saltar ambos ojos, los cuales cayeron en la vereda con un sordo cloqueo.
El hombre soltó a la infeliz muchacha, que ya desvanecida de dolor y espanto, se estrelló contra el piso. Luego se puso de rodillas, y comenzó a tantear la vereda hasta encontrar los globos informes que momentos antes eran un hermoso par de ojos verdes. Los sopesó mientras se erguía, y después los arrojó lejos con todas sus fuerzas.
Silbando una vieja canción comenzó a caminar. Se sentía feliz: su objetivo se iba cumpliendo. Él era ciego. Todos lo serían.

Triste vejez (Cuento)

Era un viejo actor de segunda que siempre había vivido tratando de destacarse. Claro, le faltaba lo más importante: el talento. Entonces vendió su alma al diablo, pero tratando al mismo tiempo de quedar bien con Dios.
Se convirtió en el soplón de los poderosos que podían servir a sus fines, y no reparó en los medios para complacerlos.Así, finalmente logró su objetivo: fue convocado para actuar, y de protagonista. Justamente él, que había sido echado por incapaz de más de un lugar; justamente él, al que ninguno de sus colegas quería, por haber sido víctimas cada uno de ellos de sus intrigas.
Creyó haber tocado el cielo con las manos; por fin podría vanagloriarse de algo delante de su familia, que jamás lo había tomado en cuenta, y lo menospreciaba permanentemente.
Pero el talento seguía faltando, y no podía componer personajes, salvo aquellos que tenían que ver con su propia personalidad: un viejo dominado, un falso o un represor. Los poderosos ya no sabían qué hacer con él, pero se sentían comprometidos por los favores recibidos. No era para menos: él les había entregado en bandeja de plata las cabezas de los humildes que necesitaban trabajar, para que hicieran con ellas lo que más les conviniese.
Mientras tanto, se vanagloriaba de sus dotes de moral ante sus amistades sin comprender que, poco a poco, se iban dando cuenta de la realidad.
Finalmente se fue quedando solo, sus amigos se alejaron de él, a los poderosos ya no les fue útil, su familia tomó otros rumbos, y un día murió. Solo, sin un reconocimiento, ni el más pequeño.Cuando encontraron su cadáver, en la cama matrimonial que hacía años no podía compartir, lo único que había a su lado era un libro de Mussolini, su héroe sin alma, a quien siempre había admirado, y al que nunca pudo imitar, ni siquiera en lo malo.

El desafío (Cuento)

Elegante como nunca: saco azul, pantalón gris, camisa blanca, corbata al tono, zapatos negros impecablemente lustrados.
Después de muchos días de confusión y desorden, su mente se encontraba alerta, lista para enfrentar el momento. Fueron largos días de preparación, en los cuales apenas había dormido y menos se había alimentado. Días de estimulantes y sedantes, de café y aspirinas.
Por primera vez se sentía listo. Otras veces ya había fracasado, y en los últimos días creyó muchas veces que volvería a sucederle lo mismo.Pero el momento había llegado. Con gran serenidad tomó asiento y esperó. Al cabo de un rato tenía ante sus ojos el motivo de sus desvelos. Sintió que se le nublaba la vista, su mente se puso en blanco; no podía creer que le estuviera pasando esto después de tantos esfuerzos, de tantos sacrificios. Se levantó como un autómata y salió al patio en el que tantas veces había sido feliz. Lo atravesó con la cabeza gacha, apretando el paso nerviosamente, los ojos llorosos.
Cuando entró en el amplio baño, en un último rapto de lucidez abrió una canilla y metió la cabeza debajo. El estómago se volvió piedra, y vomitó sintiendo que se vaciaba totalmente por dentro.
Se dirigió hacia las duchas y entró en uno de los compartimientos. Miró hacia arriba, estudiando la forma de trepar por el tabique de cemento que separaba este compartimiento del siguiente. Finalmente lo logró, se sentó agotado en la cima y tomó uno de los extremos de su impecable corbata. Con gran esfuerzo consiguió anudarlo fuertemente en el reluciente caño de la ducha. Vaciló unos instantes, tal vez midiendo la resistencia del caño, y se arrojó.
Su primer pensamiento fue de alivio al comprobar que el caño había resistido. Apenas unos segundos después, todo fue reemplazado por una tremenda sensación de ahogo; sintió que sus pulmones iban a estallar, abrió desesperadamente la boca buscando oxígeno, y su último pensamiento fue que nunca había entendido Geografía, que jamás la aprobaría, y que sus padres nunca lo perdonarían.

El hombre pequeño (Cuento)

-¿Podría ser en este lugar?

Willy Feoso nació en un país bananero, en un pueblito más bananero aun que el propio país.
Tuvo la suerte y la desgracia de ser hijo único, ya que como todos saben, este hecho tiene sus pro y sus contras. En su caso particular, recibió todo lo negativo de dicha situación.
Sus padres eran ya mayores cuando lo concibieron, y conformaban un matrimonio plagado de infelicidades. El padre, Aniceto, era un humilde obrero dominado por su esposa, la cual siempre le recriminaba que todo lo que tenían se lo debían a la caridad de su familia, ya que él era un don nadie. Él nunca fue capaz de imponerse, aun sabiendo que el escaso patrimonio de su familia política había sido obtenido mediante estafas y expropiaciones dolosas.
Rosa, la madre de Willy, tomó su educación en forma exclusiva, sobreprotegiéndolo de una manera agobiante, haciendo de él un niño introvertido, cobarde, sin amigos, incapaz de tomar decisión alguna, y terriblemente infeliz. Claro que la única figura masculina, su padre, prácticamente no existía. Sólo la enfermiza obsesión de su madre, agravada por la influencia que ejercían sus dos tías -una abogada y lesbiana, la otra parásito de la familia y alcohólica-; y su abuela materna, una anciana autoritaria, que detestaba a la madre de Willy porque no había podido mantenerla soltera como a las otras hijas. Todas mujeres con algún tipo de problema psiquiátrico. Triste destino.-

¿Podría ser en este lugar?

Durante su educación primaria y secundaria sufrió el rechazo de sus compañeros hacia sus actitudes, siempre emparentadas con el aislamiento. Las pocas veces que salía de él, era para acusar de alguna travesura a sus camaradas de estudio ante los docentes. Nada podía confiársele, ya que todo iba a parar a los oídos de maestros y profesores. Para colmo de males, concurría a un colegio católico de costumbres más propias de la época de la inquisición que de la actualidad, donde estas prácticas delatoras eran muy bien vistas por los sacerdotes que lo dirigían.
Willy vivió una niñez sin niñez y una adolescencia sin adolescencia. Nunca le hacían faltar nada, y tenía lo que necesitaba aun antes de pedirlo, lo que lo transformó gradualmente en un perfecto inútil.
Finalmente, llegó el momento de planificar su educación universitaria, y en esto también privó la influencia de la familia materna: sería abogado como su tía Palmira. Una carrera fácil de estudiar para alguien con pocas luces.
Aprovechó la circunstancia de tener que estudiar en la capital para tratar de independizarse un poco, y se fue a vivir solo. Intentó armarse de un grupo de amigos, pero ya era tarde para remontar su debilitada personalidad y su frágil carácter. Muy pronto fue el "punto" del grupo, el "pajuerano" entre los capitalinos, que lo despreciaban y lo utilizaban para que pagara los gastos de las juergas.
Destruido, volvió a la casa de sus padres, y continuó estudiando mientras trabajaba en el estudio de la tía Palmira, que lo tenía como mandadero, y donde fue aprendiendo la parte más vil de la profesión, de acuerdo al manejo de los casos que hacía su pariente, en connivencia con el juez de paz del pueblo. Pueblo chico, infierno grande.

-¿Podría ser en este lugar?

Al fin se recibió de abogado, y creyó que había llegado el momento de asociarse con su tía. Sin embargo, ésta no lo tuvo en cuenta en absoluto, y continuó siendo el pinche del estudio. Con algunos ahorros que tenía volvió a la capital a tentar suerte, esta vez en su profesión. Alquiló un departamentito de un ambiente en un edificio de oficinas cerca de los tribunales, y allí montó un precario estudio. Nuevamente la capital le fue esquiva, y al poco tiempo debió cerrarlo para continuar trabajando de pinche en su pueblo.
Entretanto, había conseguido ponerse de novio con una chica poco agraciada de su pueblo, cuyo único interés se centraba en casarse con este estúpido muchacho que alguna vez heredaría las propiedades de la familia, y al que le era infiel permanentemente, para suplir la insatisfacción que la inexperiencia sexual de él le ocasionaba.

-¿Podría ser en este lugar?

Un buen día, Willy decidió participar en política, ya que creyó que ese sería el medio adecuado para sobresalir, para tener poder, para conseguir de una buena vez ser reconocido y respetado.
La educación que había recibido lo había vuelto resentido e incapaz de aceptar la libertad y la diversidad de opiniones que respiraban los grandes partidos nacionales. Por lo tanto, optó por alinearse en un partido local que estaba formado por antiguos funcionarios de distintos gobiernos de facto que habían gobernado el país en un pasado reciente. Pensó que por fin sería alguien, que de la mano de esos hombres de actitudes rígidas e intolerantes, podría algún día ejercer el poder y vengarse de todos aquellos que lo habían despreciado.
Cuán lejos estaba de la verdad. Aquellos hombres a los que él admiraba casi homosexualmente, no fueron diferentes al resto. Le dieron un cargo dentro del partido, pero en la práctica lo utilizaban para que ponga su matrícula de abogado al servicio de las patrañas de los ediles leales y sus negociados, y para pegar afiches de campaña en épocas de elecciones.

-¿Podría ser en este lugar?

Al poco tiempo su padre murió tan ignorado como había vivido. El corazón lo traicionó mientras dormía, y su mujer sólo se dio cuenta cuando después de sacudirlo violentamente para que se despierte y vaya a trabajar, él cayó de la cama sin una sola queja. Como había vivido.
A los pocos meses, su madre, ya totalmente desequilibrada mentalmente, fue internada en un manicomio por su hermana Palmira (la otra ya había muerto en un accidente de tránsito debido a su alcoholismo), sin permitirle a él la menor opinión al respecto.
Después de digerir la muerte de su padre y la internación de su madre, se casó con su novia. El matrimonio duró apenas dos años, tiempo suficiente para darle el apellido a un niño que siempre creyó que era su hijo, pero que en realidad tenía como padre a uno de los tantos miembros del partido que frecuentaban su casa para las reuniones políticas. Como suele suceder en estos pueblos, la actitud licenciosa de su esposa era conocida por todos menos por él, hasta que un día la encontró acostada en su propia cama, con un compañero de la asociación católica en la que ella participaba.
Se fue a vivir solo a la casa paterna, dejó de frecuentar el partido y abandonó el trabajo en el estudio de su tía.
Un año después, la tía Palmira lo fue a visitar, no por amor ni añoranza, ni siquiera por cortesía, sino para tratar la venta de la casa y hacer el reparto de bienes. Lo encontró sentado en el inodoro, muerto. La policía dijo poco después que debía llevar casi un año fallecido. Lo que nadie pudo explicar es por qué el cuerpo estaba casi intacto, y los gusanos, las ratas y los distintos insectos que habitaban la casa y que suelen adueñarse de los cadáveres, no se habían acercado a éste. Es más, se pudo comprobar que hacían todo lo posible por esquivarlo.-

¿Podría ser en este lugar?

-No creo que haya inconvenientes, señorita, -le respondió el administrador del cementerio a la desconsolada muchacha-. Su madre puede descansar en paz en este lugar. En realidad, en esta parcela hay enterrados unos restos, pero la verdad es que no sabemos a quién pertenecen.

La presencia (Cuento)

Era inevitable, no podía aguantar más. Debía orinar cuanto antes. Odiaba ir al baño por la noche. Salir de la habitación hacia la galería significaba un suplicio insoportable. Encontrarse con las sombras de la noche cerrada, fría, húmeda, lo hace temblar convulsivamente. Sin embargo, no puede demorar más el momento. La punzada que sube desde el vientre se vuelve intolerable.El sólo pensar en salir de la cama invoca a la Presencia. Un terror inmenso lo invade. No sabe muy bien qué es; es un rostro sin rostro, donde vive una expresión de suprema maldad, pero no facciones definidas.
Sabe que mientras permanezca en la cama, sin moverse, absolutamente quieto, casi sin respirar, la Presencia no reparará en él. Pero ahora necesita ir al baño, y para ello debe salir de la habitación y atravesar la galería descubierta.
Apenas comienza a incorporarse en la cama, siente los ojos que se clavan en él. No puede distinguir nada en la habitación, ninguna figura, ningún movimiento. Pero sabe que la Presencia lo está mirando fijamente, preparada para saltar sobre él en cualquier momento.
Primero deberá estirar el brazo para encender la luz del velador de su mesa de luz. La sola idea lo aterroriza, pero finalmente logra su cometido. El repentino resplandor iluminando el cuarto, lo sobresalta un momento. Desde su posición, de espaldas en la cama, recorre la habitación con la mirada. La iluminación no consigue tranquilizarlo.Lentamente sale de la cama, muy despacio. Encuentra las chinelas y se las pone tratando de no hacer ningún ruido, esperando que la Presencia se olvide de él, aunque sabe que eso no es posible. Se pone de pie sigilosamente y comienza a caminar, lento, muy lento. Siente que los ojos siguen allí, observando atentamente todos sus movimientos. Llega hasta la puerta, la abre, y sale rápidamente cerrándola tras de sí. Siente la misma agitación de un maratonista que acaba de llegar a la meta.
Pero todavía no ha alcanzado su meta: llegar hasta el baño, orinar apresuradamente y regresar a la seguridad de su cama. Se aleja instintivamente de la puerta donde se había apoyado, temiendo que una mano salga a través de ella y lo aprese.
Calcula el tramo que debe recorrer para alcanzar el baño, mientras el viento frío de la noche le azota la cara. Mira hacia el cielo. Ni una nube, ni una estrella: sólo la oscuridad impenetrable. De pronto siente que los ojos están ahí; no puede verlos, pero sabe que están ahí, ocultos en esa oscuridad, observándolo.
Corre hasta el baño, cierra de un portazo y se dispone a orinar. Al cabo de un momento siente la Presencia. Está allí, detrás de él. Se le eriza el cabello en la nuca, su corazón palpita hasta que parece que va estallar dentro de su pecho. Siente la inminencia del contacto, el estómago le da un vuelco, y entonces comienza a volverse lentamente, angustiosamente decidido a enfrentar la causa de su terror ancestral.
Nadie puede creer lo que ha pasado. Alguien tan joven, prometedor, de razonamientos casi geniales.
Durante el velatorio, unos ojos invisibles a los allí presentes miran fijamente el cadáver, de cuyo ojo derecho, atravesando el pegamento utilizado para cerrarlo, asoma una lágrima. Más tarde, el médico de la familia le explicó a los deudos que eran secreciones comunes en algunos cadáveres. El mismo médico que diagnosticó la causa de la muerte: infarto.